Cuando hace algunos años escribimos Orient et Occident, pensábamos haber dado, sobre las cuestiones que constituían el objeto de ese libro, todas las indicaciones útiles, para aquel momento al menos. Desde entonces, los acontecimientos se han ido precipitando con una velocidad siempre creciente, y, aun sin hacernos cambiar una sola palabra de lo que decíamos entonces, hacen oportunas algunas precisiones complementarias y nos llevan a desarrollar puntos de vista sobre los cuales no habíamos creído necesario insistir de entrada. Estas precisiones se imponen tanto más cuanto que hemos visto afirmarse de nuevo, en estos últimos tiempos, y en una forma bastante agresiva, algunas de las confusiones que ya precisamente entonces habíamos tratado de disipar; aun absteniéndonos cuidadosamente de mezclarnos en ninguna polémica, hemos juzgado oportuno volver a poner las cosas en su sitio una vez más. En este orden, hay consideraciones, incluso elementales, que parecen tan extrañas a la inmensa mayoría de nuestros contemporáneos, que, para hacérselas comprender, es necesario no dejar de volver a ellas una y otra vez, presentándolas en sus diferentes aspectos, y explicándolas más completamente, en la medida en que las circunstancias lo permiten, lo que puede dar lugar a dificultades que no siempre fueron posibles prever desde el primer momento.

El mismo título del presente volumen requiere algunas expli­caciones que debemos proporcionar ante todo, a fin de que se sepa bien cómo lo entendemos y para que no haya al respecto ningún equívoco. Que se pueda hablar de una crisis del mundo moderno, tomando la palabra “crisis” en su acepción más ordinaria, es algo que muchos ya no ponen en duda, y, a este respecto al menos, se ha producido un cambio bastante sensible: bajo la acción misma de los acontecimientos, algunas ilusiones comienzan a disiparse, y no podemos, por nuestra parte, sino felicitarnos por ello, ya que hay ahí, a pesar de todo, un síntoma bastante favorable, el indicio de una posibilidad de enderezamiento de la mentalidad contemporánea, algo que aparece como un débil resplandor en medio del caos actual. Es así que la creencia en un “progreso” indefinido, que hasta hace poco se tenía aún por una suerte de dogma intangible e indiscutible, ya no se admite de forma tan generalizada; algunos vislumbran más o menos vagamente, más o menos confusamente, que la civilización occidental, en lugar de ir desarrollándose siempre en el mismo sentido, podría llegar un día a un punto de detención, o incluso hundirse enteramente en algún cataclismo. Quizás éstos no ven claramente dónde está el peligro, y los temores quiméricos o pueriles que a veces manifiestan prueban suficientemente la persistencia de muchos errores en su ánimo; pero, en cualquier caso, ya es algo que se den cuenta de que hay un peligro, aunque lo sientan más de lo que verdaderamente lo comprenden, y que lleguen a concebir que esta civilización por la que los modernos están tan infatuados no ocupa un lugar privilegiado en la historia del mundo, que puede tener la misma suerte que tantas otras que ya han desaparecido en épocas más o menos lejanas, y de las que algunas no han dejado tras de sí sino huellas ínfimas, vestigios apenas perceptibles o difícilmente reconocibles.

Así pues, si se dice que el mundo moderno sufre una crisis, lo que se entiende más habitualmente por ello, es que ha llegado a un punto crítico, o, en otros términos, que una transformación más o menos profunda es inminente, que un cambio de orientación deberá producirse inevitablemente en un plazo breve, de grado o por fuerza, de manera más o menos brusca, con o sin catástrofe. Esta acepción es perfectamente legítima y se corresponde bien con una parte de lo que nosotros mismos pensamos, pero con una parte solamente, ya que, para nosotros, y situándonos en un punto de vista más general, es toda la época moderna, en su conjunto, la que representa para el mundo un período de crisis; parece por lo demás que nos acercamos al desenlace, y es esto lo que hoy hace más evidente que nunca el carácter anormal de este estado de cosas que dura desde hace algunos siglos, pero cuyas consecuencias no habían sido aún tan visibles como lo son ahora. Por eso también los acontecimientos se desarrollan con esa velocidad acelerada a la cual hacíamos alusión al comienzo; probablemente, esto puede continuar así algún tiempo todavía, pero no indefinidamente; e incluso, sin estar en condiciones de asignar un límite preciso, se tiene la impresión de que ya no puede durar mucho tiempo más.

Pero, en la misma palabra “crisis”, hay contenidos otros significados, que la hacen aún más apta para expresar lo que queremos decir: en efecto, su etimología, que se pierde a menudo de vista en el uso corriente, pero a la que conviene remitirse como hay que hacer siempre cuando se quiere restituir a un término la plenitud de su sentido propio y de su valor original, su etimología, decimos, la hace parcialmente sinónima de “juicio” y “discrimi­nación”. La fase que se puede decir verdaderamente “crítica”, en no importa qué orden de cosas, es la que desemboca inmediatamente en una solución favorable o desfavorable, aquella donde interviene una decisión en un sentido o en otro; es entonces, por consiguiente, cuando es posible emitir un juicio sobre los resultados adquiridos, sopesar los “pros” y los “contras”, operando una suerte de clasificación entre estos resultados, unos positivos, otros negativos, y ver así de qué lado se inclina la balanza definitivamente. Por supuesto, no tenemos de ningún modo la pretensión de establecer de un modo completo tal discriminación, lo que por lo demás sería prematuro, puesto que la crisis no está aún en absoluto resuelta y quizá ni siquiera sea posible decir exactamente cuándo y cómo lo estará, tanto más cuanto que siempre es preferible abstenerse de ciertas previsiones que no podrían apoyarse en razones claramente inteligibles para todos, y que, en consecuencia, correrían gran riesgo de ser malinterpretadas y de aumentar la confusión en lugar de remediarla. Todo lo que podemos proponernos, es pues contribuir a dar a quienes sean capaces, hasta cierto punto y tanto como nos lo permitan los medios de que disponemos, la consciencia de algunos resultados que parecen estar ya bien establecidos, y a preparar así, aunque no sea sino de una manera muy parcial y bastante indirecta, los elementos que deberán servir posteriormente al futuro “juicio”, a partir del cual se abrirá un nuevo período de la historia de la humanidad terrestre.

Algunas de las expresiones que acabamos de emplear evocarán probablemente, en el ánimo de algunos, la idea de lo que se llama el “juicio final”, y, a decir verdad, no estarán en un error; que por lo demás se entienda  literal o simbólicamente, o de las dos maneras a la vez, ya que no se excluyen para nada en realidad, poco importa aquí, y éste no es el lugar ni el momento de explicarnos enteramente sobre este punto. En todo caso, esta ponderación de los “pros” y los “contras”, esta discriminación de resultados positivos y negativos, de los que hablamos hace un momento, pueden ciertamente hacer pensar en el reparto de “elegidos” y “condenados” en dos grupos inmutablemente fijados de ahora en adelante; incluso si no hay ahí más que una analogía, hay que reconocer que al menos es una analogía válida y bien fundada, en conformidad con la naturaleza misma de las cosas; y esto requiere todavía algunas explicaciones.

Ciertamente, no es por azar que tantos ánimos estén hoy día obsesionados con la idea del “fin del mundo”; cabe lamentarlo en algunos aspectos, ya que las extravagancias a las que da lugar esta idea mal comprendida, las divagaciones “mesiánicas” que son su consecuencia en diversos medios, todas esas manifestaciones procedentes del desequilibrio mental de nuestra época, no hacen sino agravar aún más ese mismo desequilibrio en proporciones que no son en absoluto desdeñables; pero al final no es menos cierto que hay ahí un hecho que no podemos dispensarnos tener en cuenta. La actitud más cómoda, cuando se constatan cosas de este género, es sin duda la que consiste en descartarlas pura y simplemente sin más examen, en tratarlas como errores o fantasías sin importancia; no obstante pensamos que, incluso si son en efecto errores, vale más, al tiempo que se denuncian como tales, buscar las razones que los han provocado y la parte de verdad más o menos deformada que puede encontrarse contenida en ellos a pesar de todo, puesto que, al no tener el error en suma sino un modo de existencia puramente negativo, el error absoluto no puede encontrarse en ninguna parte y no es sino un  término vacío de sentido. Si se consideran las cosas de esta manera, se percibe sin esfuerzo que esta preocupación sobre el “fin del mundo” está estrechamente ligada al estado de malestar general en el que al presente vivimos: el oscuro presentimiento de algo que está efectivamente próximo a su fin, actuando sin control en algunas imaginaciones, produce en ellas de forma natural representaciones desordenadas, y muy a menudo groseramente materializadas, que, a su vez, se traducen exteriormente en las extravagancias a las que acabamos de hacer alusión. Esta explicación no es por lo demás una excusa en favor de éstas; o al menos, si se puede excusar a quienes caen involuntariamente en el error, porque están predispuestos a ello por un estado mental del que no son responsables, eso nunca podría ser una razón para excusar al error en sí mismo. Además, en lo que nos concierne, a buen seguro no se nos podrá reprochar una indulgencia excesiva al respecto de las manifestaciones “pseudo-religiosas” del mundo contemporáneo, como tampoco de todos los errores modernos en general; sabemos incluso que algunos estarían más bien tentados de reprocharnos lo contrario, y tal vez lo que decimos aquí les hará comprender mejor cómo consideramos estas cosas, esforzándonos en colocarnos siempre en el único punto de vista que nos importa, el de la verdad imparcial y desinteresada.

Eso no es todo: una explicación simplemente “psicológica” de la idea del “fin del mundo” y de sus manifestaciones actuales, por justa que sea en su orden, no podría pasar a nuestros ojos como plenamente suficiente; detenerse ahí sería dejarse influir por una de esas ilusiones modernas contra las cuales precisamente nos alzamos en toda ocasión. Algunos, decíamos, sienten confusa­mente el fin inminente de algo cuya naturaleza y alcance no pueden definir exactamente; es necesario admitir que tienen ahí una percepción muy real, aunque vaga y sujeta a falsas inter­pretaciones o a deformaciones imaginativas, puesto que, sea cual sea este fin, la crisis que forzosamente debe culminarlo es bastante evidente, y que una multitud de signos inequívocos y fáciles de constatar conducen todos de una manera concordante a la misma conclusión. Probablemente, este fin no es el “fin del mundo”, en el sentido total en el que algunos quieren entenderlo, pero es al menos el fin de un mundo; y, si lo que debe finalizar es la civilización occidental en su forma actual, es comprensible que quienes no están habituados a no ver nada fuera de ella, a considerarla como “la civilización” sin epíteto, crean fácilmente que todo finalizará con ella, y que, si llega a desaparecer, eso será verdaderamente el “fin del mundo”.

Diremos pues, para devolver las cosas a sus justas proporciones, que parece que nos aproximamos realmente al fin del mundo, es decir, al fin de una época o de un ciclo histórico, que por lo demás puede estar en correspondencia con un ciclo cósmico, según lo que enseñan al respecto todas las doctrinas tradicionales. Ha habido ya en el pasado muchos acontecimientos de este género, y probable­mente habrá todavía otros en el futuro; acontecimientos de importancia desigual, además, según se terminen en períodos más o menos extensos y que conciernan, bien a todo el conjunto de la humanidad terrestre, o bien solamente a una u otra de sus porciones, una raza o un pueblo determinado. Es de suponer, en el estado presente del mundo, que el cambio que se ha de producir tendrá un alcance muy general, y que, cualquiera que sea la forma que revista, y que no pretendemos en absoluto buscar definir, afectará más o menos a la tierra toda entera. En todo caso, las leyes que rigen tales aconteci­mientos son aplicables analógicamente a todos los grados; también lo que se dice del “fin del mundo”, en un sentido tan completo como es posible concebir, y que por lo demás no se refiere de ordinario sino al mundo terrestre, sigue siendo cierto, guardadas todas las proporciones, cuando se trata simplemente del fin de un mundo cualquiera, entendido en un sentido mucho más restringido.

Estas observaciones preliminares ayudarán enormemente a comprender las consideraciones que siguen; ya hemos tenido la ocasión, en otras obras, de hacer alusión con bastante frecuencia a las “leyes cíclicas”; por lo demás, quizás sería difícil hacer de estas leyes una exposición completa bajo una forma fácilmente accesible a las mentes occidentales, pero al menos es necesario tener algunos datos sobre este tema si uno quiere hacerse una idea verdadera de lo que es la época actual y de lo que representa exactamente en el conjunto de la historia del mundo. Por eso comenzaremos por mostrar que las características de esta época son realmente las que las doctrinas tradicionales han indicado en todos los tiempos para el período cíclico al que ella corresponde; y eso mostrará también que lo que es anomalía y desorden desde un cierto punto de vista es sin embargo un elemento necesario de un orden más vasto, una consecuencia inevitable de las leyes que rigen el desarrollo de toda manifestación. Por lo demás, digámoslo enseguida, no hay en ello una razón para contentarse con sufrir pasivamente el desorden y la oscuridad que parecen triunfar momentáneamente, pues, de ser así, no tendríamos sino que guardar silencio; es, por el contrario, una razón para trabajar, tanto como se pueda, en preparar la salida de esta “edad sombría” de la que muchos indicios permiten ya entrever el fin más o menos próximo, cuando no del todo inminente. Eso también está en el orden, ya que el equilibrio es el resultado de la acción simultánea de dos tendencias opuestas; si la una o la otra pudiera dejar de actuar por completo, nunca más se recuperaría el equilibrio, y el mundo mismo se desvanecería; pero esta suposición es irrealizable, ya que los dos términos de una oposición no tienen sentido sino el uno por el otro, y, cualesquiera que sean las apariencias, se puede estar seguro de que todos los desequilibrios parciales y transitorios concurren finalmente a la realización del equilibrio total.