Desde que escribimos La Crisis del Mundo Moderno, los acon­tecimientos no han confirmado sino demasiado completamente, y sobre todo demasiado rápidamente, todas las opiniones que expo­níamos entonces sobre este tema, aunque por lo demás lo hayamos tratado al margen de toda preocupación por la “actualidad” inmediata, así como de toda intención de “crítica” vana y estéril. Huelga decir, en efecto, que las consideraciones de este orden no cuentan para nosotros sino en tanto que representan una aplicación de los principios a ciertas circunstancias particulares; y, desta­quémoslo de pasada, si aquellos que han juzgado más justamente los errores y las insuficiencias propias de la mentalidad de nuestra época se han atenido generalmente a una actitud completamente negativa o no han salido sino para proponer remedios casi insig­nificantes y muy incapaces de detener el desorden creciente en todos los dominios, es porque el conocimiento de los verdaderos principios les faltaba tanto como a aquellos que se obstinaban por el contrario en admirar el pretendido “progreso” y en engañarse sobre su culminación fatal.

Por lo demás, incluso desde un punto de vista puramente desin­teresado y “teórico”, no basta con denunciar los errores y hacerlos aparecer tal como son realmente en sí mismos; por útil que eso pueda ser, es aún más interesante y más instructivo explicarlos, es decir, investigar cómo y por qué se han producido, ya que todo lo que existe de cualquier manera que sea, incluso el error, tiene nece­sariamente su razón de ser, y el desorden mismo debe encontrar finalmente su lugar entre los elementos del orden universal. Es así que, si el mundo moderno, considerado por él mismo, constituye una anomalía e incluso una suerte de monstruosidad, no es menos cierto que, situado en el conjunto del ciclo histórico del que forma parte, corresponde exactamente a las condiciones de una cierta fase de este ciclo, la que la tradición hindú designa como el período extre­mo del Kali-Yuga; son estas condiciones, resultantes de la marcha misma de la manifestación cíclica, las que han determinado sus caracteres propios, y se puede decir, a este respecto, que la época actual no podía ser otra que la que efectivamente es. Sólo que, en­tiéndase bien que, para ver el desorden como un elemento del orden, o para reducir el error a una visión parcial y deformada de alguna verdad, es necesario elevarse por encima del nivel de las contingen­cias a cuyo dominio pertenecen ese desorden y ese error como tales; y del mismo modo, para captar el verdadero significado del mundo moderno conforme a las leyes cíclicas que rigen el desarrollo de la presente humanidad terrestre, es necesario estar enteramente libera­do de la mentalidad que la caracteriza especialmente y no estar afectado por ella en ningún grado; eso es incluso tanto más evidente cuanto que esta mentalidad implica forzosamente, y en cierto modo por definición, una total ignorancia de las leyes de que se trata, así como de todas las otras verdades que, derivando más o menos direc­tamente de los principios trascendentes, son esencialmente parte de ese conocimiento tradicional del que todas las concepciones propia­mente modernas no son, consciente o inconscientemente, sino la negación pura y simple.

Nos habíamos propuesto desde hacía mucho tiempo dar a La Crisis del Mundo Moderno una continuación de una naturaleza más estrictamente “doctrinal”, a fin de mostrar con precisión algunos as­pectos de esta explicación de la época actual según el punto de vista tradicional al cual siempre pretendemos atenernos exclusivamente, y que por lo demás, por las razones mismas que acabamos de indicar, es aquí, no sólo el único válido, sino incluso, podríamos decir, el único posible, puesto que, fuera de él, una tal explicación no podría siquiera ser considerada. Diversas circunstancias nos han obligado a aplazar hasta ahora la realización de este proyecto, pero poco importa eso para quien está seguro de que todo lo que debe llegar llega necesariamente a su tiempo, y ello, con frecuencia, por medios imprevistos y completamente independientes a nuestra voluntad; la prisa febril que nuestros contemporáneos aportan a todo lo que hacen nada puede contra eso, y no podría producir sino agitación y desorden, es decir, efectos completamente negativos; pero, ¿seguirían siendo “modernos” si fueran capaces de compren­der la ventaja que hay en seguir las indicaciones dadas por las circunstancias, que, bien lejos de ser “fortuitas” como imagina su ignorancia, no son en el fondo sino expresiones más o menos parti­cularizadas del orden general, humano y cósmico a la vez, en el que debemos integrarnos voluntaria o involuntariamente?

Entre los rasgos característicos de la mentalidad moderna, tomare­mos aquí en primer lugar, como punto central de nuestro estudio, la tendencia a reducirlo todo sólo al punto de vista cuantitativo, tendencia tan marcada en las concepciones “científicas” de estos últimos siglos, y que por lo demás se advierte casi tan claramente en otros domi­nios, concretamente en el de la organización social, de modo que, salvo una restricción cuya naturaleza y necesidad aparecerán poste­riormente, nuestra época se podría casi definir como siendo esen­cialmente y ante todo el “reino de la cantidad”. Si escogemos así este carácter con preferencia a cualquier otro, no es por lo demás únicamente, ni siquiera principalmente, porque es uno de los más visibles y de los menos contestables; es sobre todo porque se nos presenta como verdaderamente fundamental, por el hecho de que esta reducción a lo cuantitativo traduce rigurosamente las condi­ciones de la fase cíclica a la que la humanidad ha llegado en los tiempos modernos, y porque la tendencia de la que se trata no es otra, en definitiva, que la que conduce lógicamente al final mismo del “descenso” que se efectúa, con una velocidad siempre acelerada, desde el comienzo al fin de un Manvantara, es decir, a lo largo de toda la duración de la manifestación de una humanidad tal como la nuestra. Este “descenso” no es en suma, como ya hemos tenido la ocasión de decir a menudo, sino el alejamiento gradual del princi­pio, necesariamente inherente a todo proceso de manifestación; en nuestro mundo, y en razón de las condiciones especiales de exis­tencia a las que está sometido, el punto más bajo reviste el aspecto de la cantidad pura, desprovista de toda distinción cualitativa; huelga decir, por lo demás, que eso no es propiamente sino un límite, y es por eso que, de hecho, no podemos hablar sino de “tendencia”, ya que, en el transcurso mismo del ciclo, el límite nunca puede ser alcanzado, y está de algún modo fuera y por debajo de toda existencia realizada e incluso realizable.

Ahora bien, lo que es importante notar muy particularmente y desde el comienzo, tanto para evitar todo equívoco como para darse cuenta de lo que puede dar lugar a ciertas ilusiones, es que, en virtud de la ley de la analogía, el punto más bajo es como un reflejo oscuro o una imagen invertida del punto más alto, de donde resulta esta consecuencia, paradójica en apariencia solamente: que la ausencia más completa de todo principio implica una suerte de “contrahechura” del principio mismo, lo que algunos han expresado, bajo una forma “teológica”, diciendo que “Satán es el mono de Dios”. Esta observación puede ayudar considerablemente a comprender algunos de los enigmas más sombríos del mundo moderno, enigmas que él mismo por lo demás niega porque no sabe percibirlos, aunque los lleva en él, y porque esta negación es una condición indispensable para el mantenimiento de la mentalidad especial por la cual existe: si nuestros contemporáneos, en su conjun­to, pudieran ver lo que les dirige y hacia lo que tienden realmente, el mundo moderno cesaría de existir inmediatamente como tal, ya que el “enderezamiento” al que a menudo hemos hecho alusión no podría dejar de operarse por ello mismo; pero, como este “enderezamien­to” supone por otra parte la llegada al punto de detención donde el “descenso” está enteramente cumplido y donde “la rueda deja de girar”, al menos durante el instante que marca el paso de un ciclo a otro, es necesario concluir que, hasta que ese punto de detención sea alcanzado efectivamente, estas cosas no podrán ser comprendidas por la genera­lidad, sino solamente por el pequeño número de aquellos que están destinados a preparar, en una u otra medida, los gérmenes del ciclo futuro. Apenas es necesario decir que, en todo lo que exponemos, es a estos últimos a los que siempre hemos entendi­do dirigirnos exclusivamente, sin preocuparnos de la inevitable incomprensión de los demás; es verdad que esos otros son y deben ser, por un cierto tiempo aún, la inmensa mayoría, pero, precisa­mente, no es sino en el “reino de la cantidad” donde la opinión de la mayoría puede pretender ser tomada en consideración.

Sea como sea, queremos sobre todo, por el momento y en primer lugar, aplicar la observación precedente en un dominio más restrin­gido que el que acabamos de mencionar: debe servir, a este respec­to, para impedir toda confusión entre el punto de vista de la ciencia tradicional y el de la ciencia profana, aunque ciertas similitudes exteriores podrían parecer prestarse a ello; estas similitudes, en efecto, no provienen a menudo sino de correspondencias invertidas, donde, mientras que la ciencia tradicional considera esencialmente el término superior y no acuerda un valor relativo al término inferior sino en razón de su correspondencia misma con ese término superior, la ciencia profana, al contrario, no tiene en vista sino el término inferior e, incapaz de rebasar el dominio al cual se refiere, pretende reducir a él toda realidad. Así, para tomar un ejemplo que se refiere directamente a nuestro tema, los números pitagóricos, considerados como los principios de las cosas, no son en modo alguno los números tales como los entienden los modernos, matemáti­cos o físicos, igual que la inmutabilidad principial no es la inmovilidad de una piedra, o que la verdadera unidad no es la uniformidad de seres desprovistos de todas las cualidades propias; y sin embargo, porque es cuestión de números en los dos casos, ¡los partidarios de una ciencia exclusivamente cuantitativa no han dejado de querer contar a los Pitagóricos entre sus “precursores”! Agregaremos solamente, para no anticipar demasiado sobre los desarrollos que van a seguir, que esto muestra aún que, como ya hemos dicho en otra parte, las ciencias profanas de las que el mundo moderno está tan orgulloso no son realmente sino “residuos” degenerados de las antiguas ciencias tradicionales, como por otra parte la cantidad misma, a la que se esfuerzan en reducirlo todo, no es, por así decir, bajo el punto de vista en que éstas la consideran, sino el “residuo” de una existencia vaciada de todo lo que constituía su esencia; y es así como estas pretendidas ciencias, dejando escapar o incluso eliminando de manera deliberada todo lo que es verdaderamente esencial, resultan en definitiva incapaces de propor­cionar la expli­cación real de nada.

Al igual que la ciencia tradicional de los números es algo muy diferente de la aritmética profana de los modernos, incluso uniendo a ésta todas las extensiones algebraicas u otras de las que es susceptible, del mismo modo también hay una “geometría sagrada”, no menos profundamente diferente de la ciencia “escolar” que se designa hoy por ese mismo nombre de geometría. No tenemos necesidad de insistir ampliamente sobre esto, ya que todos los que han leído nuestras precedentes obras saben que hemos expuesto allí, y concretamente en El Simbolismo de la Cruz, muchas considera­ciones relacionadas con esa geometría simbólica de que se trata, y han podido darse cuenta de hasta qué punto se presta a la representación de realidades de orden superior, al menos en toda la medida en que éstas son susceptibles de ser representadas en modo sensible; y por lo demás, en el fondo, ¿no son las formas geomé­tricas necesariamente la base misma de todo simbolismo figurado o “gráfico”, desde el de los caracteres alfabéticos y numéricos de todas las lenguas hasta el de los yantras iniciáticos más complejos y más extraños en apariencia? Es fácil comprender que este simbolismo puede dar lugar a una multiplicidad indefinida de aplicaciones; pero, al mismo tiempo, se debe ver muy fácilmente también que una tal geometría, muy lejos de no referirse sino a la pura cantidad, es al contrario esencialmente “cualitativa”; y diremos otro tanto de la verdadera ciencia de los números, ya que los números principiales, aunque deban llamarse así por analogía, están por así decir, en relación con nuestro mundo, en el polo opuesto de aquél donde se sitúan los números de la aritmética vulgar, los únicos que conocen los modernos y sobre los cuales ponen exclusivamente su atención, tomando así la sombra por la realidad misma, como los prisioneros de la caverna de Platón.

En el presente estudio, nos esforzaremos en mostrar más completamente aún, y de una manera más general, cuál es la verdadera naturaleza de estas ciencias tradicionales, y también, por eso mismo, qué abismo las separa de las ciencias profanas que son como una caricatura o una parodia, lo que permitirá medir la decadencia sufrida por la mentalidad humana al pasar de las unas a las otras, pero también ver, por la situación respectiva de sus objetos, cómo ésta decadencia sigue estrictamente la marcha descendente del ciclo mismo recorrido por nuestra humanidad. Por supuesto, estas cuestiones son aún de aquellas que nunca se puede pretender tratar completamente, ya que son, por su naturaleza, verdaderamente inagotables; pero al menos trataremos de decir lo suficiente para que cada uno pueda sacar las conclusiones que se imponen en lo que concierne a la determinación del “momento cósmico” al que corresponde la época actual. Si hay en esto consideraciones que algunos encontrarán quizás oscuras a pesar de todo, es únicamente porque están demasiado alejadas de sus hábitos mentales, demasiado ajenas a todo lo que les ha sido inculcado por la educación que han recibido y por el medio en el que viven; en eso no podemos nada, ya que hay cosas para las cuales un modo de expresión propiamente simbólico es el único posible, y que, por consiguiente, nunca serán comprendidas por aquellos para los que el simbolismo es letra muerta. Por lo demás, recordaremos que este modo de expresión es el vehículo indispensable de toda enseñanza de orden iniciático; pero, sin hablar siquiera del mundo profano cuya incomprensión es evidente y en cierto modo natural, basta con echar un vistazo sobre los vestigios de iniciación que subsisten aún en Occidente para ver lo que algunos, a falta de “cualificación” intelectual, hacen de los símbolos que se proponen para su meditación, y para estar bien seguros de que aquéllos, cualesquiera que sean los títulos de que están revestidos y de los grados iniciáticos que hayan recibido “virtualmente”, ¡nunca llegarán a penetrar el verdadero sentido del menor fragmento de la geometría misteriosa de los “Grandes Arquitectos de Oriente y Occidente”!

Puesto que venimos de hacer alusión a Occidente, se impone aún una observación: cualquiera que sea la extensión que haya tomado, sobre todo en estos últimos años, el estado mental que llamamos espe­cíficamente “moderno”, y cualquiera que sea la influencia que ejerce ca­da vez más, exteriormente al menos, sobre el mundo entero, este estado mental no deja de ser por ello puramente occidental por su origen: es en Occidente donde ha nacido y donde ha tenido mucho tiempo su dominio exclusivo, y, en Oriente, su influencia nunca será otra cosa que una “occidentalización”. Por lejos que pueda ir esta influencia en la sucesión de acontecimientos que aún se desarro­llarán, nunca se podrá pues pretender oponerla a lo que hemos dicho de la diferencia entre el espíritu oriental y el espíritu occidental, que es en suma para nosotros la misma que la del espíritu tradicional y el espíritu moderno, ya que es demasiado evidente que, en la medida en que un hombre se “occidentaliza”, sea cual sea su raza y su país, deja por eso mismo de ser un Oriental espiritual e intelec­tualmente, es decir, desde el único punto de vista que nos importa en realidad. En esto no se trata de una simple cuestión de “geografía”, a menos que se la entienda de manera muy diferente que los modernos, ya que también hay una geografía simbólica; y, a este propósito, la actual preponderancia de Occiden­te presenta por lo demás una correspondencia muy significativa con el fin de un ciclo, puesto que Occidente es precisamente el punto donde el sol se pone, es decir, donde llega al extremo de su curso diurno, y donde, según el simbolismo chino, “la fruta madura cae al pie del árbol”. En cuanto a los medios por los que Occidente ha llegado a establecer esta dominación de la que la “modernización” de una parte más o menos considerable de Orientales no es sino la última y la más lamentable consecuencia, bastará con referirse a lo que hemos dicho en otras obras para convencerse de que no reposan en definitiva sino sobre la fuerza material, lo que equivale a decir, en otros términos, que la dominación occidental misma no es aún sino una expresión del “reino de la cantidad”.

Así, desde cualquier lado que se consideren las cosas, uno siem­pre es llevado a las mismas consideraciones y las ve verificarse cons­tantemente en todas las aplicaciones que es posible hacer con ellas; por lo demás, eso no tiene nada que deba sorprender, ya que la verdad es necesariamente coherente, lo que, por supuesto, no quiere decir en absoluto “sistemática”, contrariamente a lo que podrían suponer de muy buen grado los filósofos y los expertos profanos, encerrados como están en concepciones estrechamente limitadas, que son aquellas a las que el nombre de “sistemas” conviene propiamente, y que, en el fondo, no traducen sino la insuficiencia de mentalidades individuales libradas a sí mismas, aunque esas mentalidades sean las que se ha convenido en llamar “hombres de genio”, de quienes todas las espe­culaciones más ensalzadas no valen ciertamente el conocimiento de la menor verdad tradicional. Sobre esto también, nos hemos explica­do suficientemente cuando hemos tenido que denunciar los estragos del “individualismo”, que es también una de las características del espí­ritu moderno; pero agregaremos aquí que la falsa unidad del indivi­duo concebido como formando por él mismo un todo completo corres­ponde, en el orden humano, a lo que es la del pretendido “átomo” en el orden cósmico: el uno y el otro no son sino elementos considera­dos como “simples” desde el punto de vista completamente cuantitati­vo, y, como tales, supuestamente susceptibles de una suerte de repe­tición indefinida que no es propiamente sino una imposibilidad, al ser esencialmente incompatible con la naturaleza misma de las cosas; de hecho, esta repetición indefinida no es otra cosa que la multiplicidad pura, hacia la que el mundo actual tiende con todas sus fuerzas, sin que, no obstante, pueda llegar nunca a perderse enteramente en ella, puesto que ésta se mantiene en un nivel inferior a toda existencia manifes­tada, y porque representa el extremo opuesto de la unidad principial. Es necesario pues ver el movimiento de descenso cíclico como efec­tuándose entre estos dos polos, partiendo de la unidad, o más bien del punto que está más próximo a ella en el dominio de la manifestación, relativamente al estado de existencia que se considere, y tendiendo cada vez más hacia la multiplicidad, queremos decir la multiplicidad considerada analíticamente y sin ser referida a ningún principio, ya que huelga decir que, en el orden principial, toda multiplicidad está comprendida sintéticamente en la unidad misma. En cierto sentido, puede parecer que haya multiplicidad en los dos puntos extremos, del mismo modo que hay también correlativamente, según lo que veni­mos de decir, la unidad de un lado y las “unidades” del otro; pero la noción de la analogía inversa se aplica estrictamente también aquí, y, mientras que la multiplicidad principial está contenida en la verda­dera unidad metafísica, las “unidades” aritméticas o cuantitativas están al contrario contenidas en la otra multiplicidad, la de abajo; y, destaqué­moslo incidentalmente, el solo hecho de poder hablar de “unidades” en plural, ¿no muestra suficientemente hasta qué punto lo que se considera así está lejos de la verdadera unidad? La multiplicidad de abajo es, por definición, puramente cuantitativa, y se podría decir que es la cantidad misma, separada de toda cualidad; por el contrario, la multiplicidad de arriba, o lo que así llamamos analógicamente, es en realidad una multiplicidad cualitativa, es decir, el conjunto de cuali­dades o atributos que constituyen la esencia de los seres y de las cosas. Se puede pues decir también que el descenso del que hemos hablado se efectúa desde la cualidad pura a la cantidad pura siendo una y otra, por lo demás, límites exteriores a la manifestación, una más allá y la otra de este lado, porque son, en relación a las condiciones especiales de nuestro mundo o de nuestro estado de existencia, una expresión de los dos principios universales que hemos designado respectiva­mente en otra parte como “esencia” y “sustancia”, y que son los dos polos entre los cuales se produce toda manifestación; y he ahí el punto que vamos a tener que explicar más completamente en primer lugar, ya que es por esto sobre todo que se podrá comprender mejor las otras consideraciones que tendremos que desarrollar en el resto de este estudio.